Una clase intensiva que no es de Crossfit

 Los padres pasan buena parte de la crianza intentando enseñarles a sus hijos cómo deberían vivir. Les hablamos de hábitos, esfuerzo, disciplina y responsabilidad. Pero a veces olvidamos algo bastante importante: mientras nosotros estamos preocupados de explicarles cómo funciona el mundo, ellos están mirando cómo vivimos en él.

Y esa es precisamente la historia que encontramos cuando conocimos a Teo y Uki, una mamá y su hijo que llevan cerca de tres años compartiendo algo que, a simple vista, parece bastante sencillo: entrenar CrossFit.


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Una clase que nadie sabía que estaba ocurriendo

Teo lleva tres años tomando una clase intensiva. Lo curioso es que no es de CrossFit y su profesora, Uki, probablemente ni siquiera sabía que la estaba impartiendo. Porque mientras ella llegaba a entrenar, se preparaba para sus clases y enfrentaba los desafíos de cada día, había alguien que estaba prestando mucha más atención de la que imaginaba: su hijo.

Al principio, Teo simplemente acompañaba a su mamá. La veía moverse, levantar barras, equivocarse, aprender y volver a intentarlo. Pero con el tiempo comenzó a repetir algunas de esas conductas. Lo que para Uki era parte de su rutina, para Teo se estaba convirtiendo en una manera de entender el mundo. Entrenar dejó de ser solamente algo que hacía su mamá y comenzó a ser algo que él también quería hacer.

Lo interesante es que Uki no necesitó explicarle durante horas por qué era importante hacer deporte. Tampoco tuvo que convencerlo con grandes discursos sobre salud o disciplina. Teo estaba viendo cómo una persona importante en su vida encontraba tiempo para moverse, esforzarse y disfrutar de una actividad. Y eso, aparentemente, fue suficiente para despertar su curiosidad.

El problema de enseñar una cosa y vivir otra

Vivimos en una sociedad que parece estar cada vez más preocupada por la educación de los niños, pero que muchas veces olvida el poder que tiene el ejemplo. Queremos que nuestros hijos sean activos, pero nos cuesta encontrar tiempo para movernos. Les pedimos que reduzcan las pantallas mientras nosotros revisamos el teléfono a cada rato. Esperamos que desarrollen paciencia, aunque vivimos apurados, y queremos que aprendan a enfrentar dificultades mientras intentamos resolverles cualquier problema antes de que aparezca.

No se trata de exigirles a los padres una coherencia perfecta. Sería absurdo. Todos tenemos contradicciones, responsabilidades y días en que apenas conseguimos cumplir con lo necesario. Pero la historia de Teo y Uki nos recuerda que la educación no ocurre solamente cuando decidimos enseñar algo. También ocurre mientras vivimos nuestra vida cotidiana.

Y eso cambia bastante la manera de mirar la crianza. Porque si queremos que nuestros hijos desarrollen ciertos hábitos, quizás una de las mejores maneras de ayudarlos sea preguntarnos qué lugar ocupan esos hábitos en nuestra propia vida. No porque necesariamente tengan que seguir nuestros pasos, sino porque necesitan conocer esas posibilidades antes de decidir cuáles quieren hacer suyas.

En el caso de Teo, el deporte no apareció como una obligación impuesta por un adulto. Apareció como una experiencia cercana, compartida y entretenida. Algo que formaba parte de su entorno y en lo que, poco a poco, también podía participar.

La clase que realmente estaba tomando Teo

Cuando comenzamos a observar esta historia, parecía que estábamos conociendo a un niño que había desarrollado interés por el CrossFit gracias a su mamá. Pero mientras más atención les prestamos, más evidente se volvió que había algo bastante más interesante ocurriendo.

Teo no estaba aprendiendo solamente a levantar barras o ejecutar movimientos. También estaba descubriendo qué significa esforzarse por algo, enfrentar una dificultad, pedir ayuda cuando la necesita y volver a intentar cuando las cosas no resultan. Y buena parte de ese aprendizaje comenzó mucho antes de que él pudiera comprenderlo o explicarlo.

Lo aprendió mirando.

Uki probablemente nunca se propuso convertir sus entrenamientos en una lección de vida para Teo. Simplemente estaba haciendo algo que le gustaba y que formaba parte de su manera de cuidarse. Pero mientras ella entrenaba, su hijo estaba aprendiendo algo que iba mucho más allá del deporte.

Y hoy, cuando vemos a Teo levantar su propia barra, también podemos reconocer parte de ese recorrido. El de un niño que comenzó siguiendo los pasos de su mamá y que poco a poco está aprendiendo a dar los suyos.

Porque quizás una de las cosas más importantes que podemos enseñarles a nuestros hijos no sea cómo tienen que vivir, sino mostrarles, a través de nuestras propias acciones, algunas de las posibilidades que tienen para construir su camino.

Y después, cuando llegue el momento, confiar en que serán capaces de recorrerlo.

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