Acción Senior: el próximo capítulo
Hace unas semanas salió un reportaje en televisión. Una periodista llevó a su padre al geriatra y el doctor le recomendó CrossFit. Ella pensó que el médico se había equivocado. Volvió a consultarle y el doctor le confirmó: hay centros de CrossFit que están entrenando adultos mayores con excelentes resultados, trabajando todas las habilidades físicas, mejorando la calidad de vida de manera concreta. Ella fue a verlo con sus propios ojos. Terminó llevando a su padre a entrenar y se encontró con algo que no esperaba: adultos mayores haciendo CrossFit.
Por Daniel Dobbs
Y ahí había una historia. La misma que nosotros llevamos diez años intentando contar.
La historia de Acción Senior se remonta al invierno de 2015. Recuerdo haberme sentado a leer un artículo del Journal of CrossFit que llegó a mis manos de alguna manera que ya no recuerdo bien. El artículo contaba la historia de un coach de CrossFit que buscaba horas extra y encontró un aviso de trabajo en un senior suite. Postuló, lo llamaron, y se encontró con su primera gran pregunta: nunca había entrenado a ese tipo de población. Pero cargado de sus conocimientos de CrossFit y con ganas de intentarlo, se lanzó.
Lo que encontró al otro lado nadie se lo había anticipado.
Sus alumnos empezaron a recuperar cosas que creían perdidas para siempre. No marcas atléticas, sino autonomía real. ¿Puedo bajarme del auto solo? ¿Puedo ir al baño sin ayuda? El movimiento, escalado correctamente, devolvía capacidades que el sistema había decidido que ya no eran posibles. Al terminar de leer ese artículo tenía una sola certeza: esto tiene que estar en Acción.
Lo que no tenía claro era si alguien en Chile iba a querer.
En esos años entrenábamos CrossFit muy duro, muy intenso. La gente venía porque CrossFit era la novedad. Los conceptos de la salud y el envejecimiento existían en la periferia, pero no eran el centro. Y la realidad del mercado era clara: los programas para adultos mayores en Chile se regalaban, los financiaban las municipalidades, y todo estaba diseñado para tratar a los viejos como frágiles. Cobrar por entrenarlos, y encima exigirles esfuerzo real, parecía una locura.
Decidimos ser locos.
Lo primero que hicimos fue una clase invitada para los familiares de nuestros alumnos. Era un sábado. El box se llenó de una vitalidad que no había visto antes, gente que quería luchar por sus capacidades físicas, que se sentía bien siendo desafiada. Había una sensación de esperanza en el ambiente que era difícil de describir. La clase terminó con un aplauso espontáneo.
Y después los cupos tardaron meses en llenarse.
Tres clases a la semana, a mitad del precio de un plan mensual. El comienzo fue lento, el grupo pequeño. Expandimos a La Florida. El programa fue tomando forma de a poco, siempre con la sensación de que podíamos llegar a más personas pero sin saber muy bien cómo. Y como pasa con casi todo en el emprendimiento, llegó el momento del diagnóstico fácil: el problema es el precio. Bajémoslo. Después lo dejamos completamente gratis.
Pero esa decisión no nació de una lógica comercial. Nació de de la frustración de que nadie hiciera nada concreto.
En ese momento el país estaba en medio de un debate intenso sobre las jubilaciones, sobre qué hacíamos por los adultos mayores que llegaban a viejos sin los medios para subsistir dignamente. Era una conversación constante, importante, y completamente estéril. Nadie hacía nada concreto. Me aburrí. Dijimos: basta de conversaciones, hagamos algo real. Que no les cueste nada venir a entrenar. Estiremos la mano.
Lo que no esperábamos era que lo gratis iba a ser parte del problema.
Las personas que no pagan nada por algo tienden a valorarlo menos, a aparecer menos, a abandonar más fácil. El compromiso era bajo. Así que hicimos una siguiente iteración: dejamos el programa a un precio simbólico, lo suficiente para que las personas sintieran que pertenecían a algo, que eran parte de la comunidad de Acción. El programa empezó a consolidarse. Lo abrimos en Las Condes. Se fue convirtiendo en uno de los programas emblemáticos de lo que hacíamos.
Y entonces llegó el COVID y lo destruyó todo.
El programa desapareció del mapa, igual que casi todo lo demás. Cuando volvimos a abrir, retomar Acción Senior nos costó más de lo que esperábamos. Nos daba miedo. El mundo había decidido que a los adultos mayores había que protegerlos encerrándolos, y llamarlos a entrenar en grupo parecía una barbaridad. Pero sabíamos también que esos grupos son los que más necesitan conexión humana, que el aislamiento tiene costos enormes en la salud física y mental. Que encerrar a alguien para protegerlo puede ser tan dañino como lo que intentas evitar.
Abrimos sin saber si alguien iba a volver.
Volvieron con más convicción que antes. No solo los mismos de antes, más. El programa se llenó de una manera que no habíamos visto. Y hoy, después de todo ese camino, los cupos están completamente llenos en ambas sedes. Tenemos entre 120 y 130 adultos mayores entrenando regularmente con nosotros.
Y no cabe un alfiler más. Lo que debería ser una victoria se convirtió en el próximo problema a resolver.
Ese reportaje de televisión fue de alguna manera la señal de que algo está cambiando en cómo la sociedad entiende el envejecimiento. Hay una generación que llega a los 60 y 65 años entendiendo que mantenerse activo no es opcional. Y nosotros llevamos diez años construyendo exactamente eso, con recursos limitados, sin apoyo externo, sin que ninguna municipalidad ni institución haya extendido la mano en serio.
Hoy quiero declarar algo públicamente: quiero duplicar ese número. Quiero llegar a 250 adultos mayores entrenando con nosotros. Cómo exactamente, no lo sé todavía. Pero sé que el programa subvencionado cumplió su etapa y que el próximo capítulo implica darle al trabajo que hacemos el valor que realmente tiene.
Y para escribir ese próximo capítulo necesito que más personas se hagan estas preguntas con nosotros:
¿Cómo llegamos a los senior suites y logramos que los últimos años de vida sean los mejores? ¿Cómo convencemos a las municipalidades de que los programas baratos entregan resultados baratos? ¿Cómo cambiamos la imagen de fragilidad del adulto mayor y la reemplazamos por una imagen de fortaleza, donde tener 70 años y levantar pesas no sea una rareza sino una expectativa? ¿Cómo cambiamos, como sociedad, el lugar que ocupa la actividad física en nuestras vidas?
No tengo todas las respuestas. Pero sé que diez años de trabajo y 130 adultos mayores entrenando demuestran que es posible.
Si eres médico, kinesiólogo, trabajador social, familiar de un adulto mayor, dueño de un box, o simplemente alguien que cree que la vejez puede ser una etapa de fortaleza y no de declive, este próximo capítulo también es tuyo.
Escribámoslo juntos.

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