Adiós fragilidad
Después de los 40 años la recuperación no es la misma. La capacidad de reacción es diferente, nuestro organismo es más lento ante la asimilación de los nutrientes. La energía tiende a disminuir. El ánimo muchas veces decae. Y la edad al momento de ver esta merma en lo físico y mental es parte importante al sacar las cuentas en la "ecuación de bienestar personal (wellness)", pero no termina siendo lo más relevante.
Pero, ¿Qué factores tendríamos que considerar en esa ecuación?. Si bien la pérdida de capacidad puede tomarse como "las consecuencias de la vejez", muchas veces probablemente esto se trata de los malos hábitos que estamos siguiendo. Al final del día, qué tanto peso va a tener el factor edad en el resultado de nuestra calidad de vida depende mucho de nuestras acciones (intencionada y no intencionadas). Echarle la culpa a ese número no es comparable versus nuestras decisiones diarias que nos llevan a ser quienes somos hoy.
Por eso en redes sociales vemos personas de 70 años musculosas, deportistas, activas y otras de la misma edad sin masa muscular, rígidas, y con sarcopenia. Muy diferentes realidades que son el reflejo de los hábitos que siguieron, no de los años que tienen encima.
"Es que los años pasan la cuenta", repiten muchas personas sobre los 40. Los dolores se multiplican, las articulaciones se rigidizan y todo se va poniendo más complicado. El problema es que todo empeora si no hacemos algo con intención, no para dejar de envejecer, que es algo inevitable, sino para extender nuestros años de autonomía y capacidad física.
Y la cruda realidad es que la pérdida de capacidades y habilidades solo nos acercan a la fragilidad.
Cuando el cuerpo no recibe estímulos suficientes, perdemos capacidad. No es un descubrimiento. En absoluto. Pero es algo que aún no se concientiza o parece no vivir en nuestra cabeza con tanta claridad. Más bien, muchas personas que empiezan a entrenar lo hacen porque probablemente el doctor les dijo que lo hiciera, ya que ayuda a la conservación de masa muscular, pero sin un doble click que muestre las razones que muestren claramente hacia donde te lleva una vida sin movimiento, sin un porqué. Es, más bien, un hazlo porque es mejor que no hacerlo.
Lo cierto es que sin estímulos el cuerpo sufre las consecuencias y le estamos abriendo paso a perder agilidad física y mental. Nos volvemos más ineptos para hacer cosas, para enfrentar las cosas simples de la vida cotidiana, y se nos van complicando las cosas de alta demanda física y mental.
El cuerpo se acostumbra a lo que le exigimos y sin exigencia intencionada llega un punto en que el cuerpo retrocede y pierde capacidades sin compasión. Se pierde flexibilidad, funcionalidad, potencia, fuerza, equilibrio. Pasamos a un estado de supervivencia entrando a un punto sin retorno. El cuerpo deja de estar expuesto a buscar esta incomodidad y sin darnos cuenta dejamos de hacer cosas.
Hay algo que se nota cuando una persona empieza a volverse frágil. Se nota en cómo se mueve. En cómo se levanta de una silla. En cómo sube escaleras. En cómo evita agacharse, cargar cosas o hacer movimientos que antes eran normales.
La fragilidad es eso: menos reserva, menos fuerza, menos resistencia y más vulnerabilidad frente a cualquier problema.
En estudios internacionales con adultos de 50 años o más, la prefragilidad aparece cerca del 46% al 49% de las personas, según el método usado. Es decir, si estás llegando a los 50, esto no es algo lejano: es una señal que vale la pena mirar.
La buena noticia es esta: la prefragilidad es el punto donde todavía se puede intervenir muy bien.
La fragilidad suele evaluarse con 5 señales:
debilidad, lentitud, agotamiento, baja actividad física y pérdida de peso involuntaria.
Con 1 o 2 señales, una persona puede considerarse prefrágil; con 3 o más, frágil.
La pérdida muscular es el inicio del efecto dominó: te mueves menos, te cansas más, pierdes fuerza, evitas actividades, te vuelves más lento… y de pronto tu cuerpo empieza a sentirse como un límite.
En Acción creemos que eso se puede trabajar.
Antes de decir “ya no puedo”, prueba estos 3 mini-retos:
1. Levántate del suelo sin usar las manos
No tiene que ser elegante. Solo observa si puedes hacerlo sin miedo, dolor o demasiada dificultad.
2. Párate de una silla 10 veces seguidas sin usar los brazos
Mide si pierdes fuerza, aire o control antes de terminar.
3. Camina rápido 6 minutos
Pregúntate: ¿me falta aire demasiado pronto?, ¿me duelen rodillas o espalda?, ¿bajo mucho el ritmo?
Esa información puede ser el punto de partida.
En Acción te ayudamos a entender dónde estás, qué necesitas fortalecer y cómo construir un cuerpo más capaz para los próximos años.
Porque entrenar después de los 40 o 50 no se trata de verse como antes.
Se trata de poder seguir haciendo tu vida y moverte sin miedo.
No envejecemos porque perdemos músculo; perdemos músculo porque dejamos de movernos.

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