Cuando nos olvidamos el valor del esfuerzo

Nadie que se come el octavo completo cree genuinamente que es una buena idea. Nadie que lleva años sin moverse piensa que el sedentarismo le está haciendo bien. Todos saben. Todos tienen la información. Y todos seguimos igual. No porque seamos irresponsables ni porque nos falte educación. Sino porque la razón no es lo que gobierna nuestras decisiones la mayor parte del tiempo. El instinto ejecuta. El hábito ejecuta. El entorno ejecuta. La razón, en el mejor caso, nos permite diseñar quiénes queremos ser. Pero rara vez determina cómo caminamos hacia eso.

CEO Daniel Dobbs



Y sin embargo seguimos diseñando todas nuestras soluciones como si el problema fuera de información.

Queremos que las personas con obesidad mejoren, entonces les damos información nutricional, les vendemos membresías, les ofrecemos pastillas, les hacemos cirugías. Queremos que la gente se sienta bien consigo misma, entonces les decimos que están bien como están, que no tienen que cambiar nada, que el problema es la sociedad que los juzga. Tanto sufrimiento acumulado, tanta desesperanza construida, que terminamos inventando conceptos como el body positive. Una respuesta lógica a tanta ineptitud, a tanto fracaso sistémico. Seguimos creyendo que es un problema de racionalidad cuando en realidad es un problema de fragilidad.

Más campañas de salud pública. Más educación nutricional en los colegios. Más aplicaciones que te recuerdan tomar agua. Más libros de autoayuda que te explican en doce pasos cómo cambiar tu vida. Y mientras, la obesidad sigue subiendo, la soledad sigue subiendo, la ansiedad sigue subiendo, y la cantidad de personas que sienten que no sirven para nada sigue subiendo.

¿No es extraño que mientras más fácil hacemos todo, más perdidas y más solas se sientan las personas?

No es extraño. Es exactamente lo que tendría que pasar.

Hay un concepto en medicina que se llama iatrogenia. Es cuando el remedio produce el mismo daño que intentaba curar. Lo veo todos los días fuera de la medicina también. Lo veo en cómo construimos el mundo. Cada vez que le sacamos la dificultad a algo para proteger a alguien, le estamos diciendo silenciosamente que no era capaz de enfrentarlo. Y las personas, con el tiempo, terminan creyéndoselo. Terminan necesitando que les saquen la dificultad porque ya aprendieron que eso es lo que hace alguien que las quiere.

La autoestima no se construye en el espejo ni en los comentarios de Instagram. Se construye haciendo cosas difíciles. Se construye intentando algo que puede salir mal, que a veces sale mal, y volviendo a intentarlo. Ese mecanismo es antiquísimo y no tiene reemplazo. Y lo que hicimos, con las mejores intenciones del mundo, fue desmantelarlo sistemáticamente.

Le quitamos la dificultad a todo y no entendemos por qué nos sentimos inútiles.

La realidad es que creamos un mundo para sentirnos inútiles. Y funciona perfectamente.

Soy parte del problema. Lo digo acá porque si no lo digo, todo lo anterior suena a sermón.

Lo que me hizo diferente no es haber sido más inteligente. Es haber sido más instintivo. En algún momento decidí ser papá, no porque fuera el camino fácil sino porque algo dentro de mí me lo decía. En algún momento decidí emprender y dejarlo todo, no porque fuera lo correcto sino porque parecía lo indicado. Empecé a querer ayudar a otros no porque fuera fácil sino porque me hacía sentir valioso. Comencé a leer no porque me resultara natural sino porque necesitaba saber más y no podía parar. Comencé a hacer jiu jitsu no porque me guste la violencia, la aborrezco, sino porque entendí que dentro de mí existe un ser violento que tiene que aprender a dominarse. Me he puesto en posiciones difíciles no porque racionalmente haya pensado "voy a hacerme más fuerte". Lo hice a pesar de lo difícil. Y lo que me entregó de vuelta es mayor valor, más autoestima, más poder mirarme al espejo y sentirme orgulloso de lo que veo.

Tengo 44 años y al mirarme al espejo me siento orgulloso de la persona que he construido. No lo hice pensando en lo que me convenía o en lo que me gustaba. Lo hice siguiendo un instinto, una voz que no sé de dónde viene pero que nunca más logré callar.

El camino te construye. Pero solo si tiene dificultad real, riesgo real, consecuencias reales. No simuladas, no amortiguadas, no diseñadas para que nunca duela demasiado.

Y eso es lo que quiero construir en Acción.

No un gimnasio. No un centro de fitness. Un espacio donde las personas recuperen su capacidad de enfrentar la vida. Donde el movimiento no sea el objetivo sino el método, el más honesto que conozco, porque no puedes fingir una sentadilla, no puedes negociar con el peso, no puedes que alguien lo haga por ti. Donde haya un coach que acompañe sin resolver, que guíe sin cargar, que exija sin humillar. Donde la comunidad no sea decoración sino el contexto que recalibra lo que es normal, lo que es posible, lo que se espera de cada uno.

Quiero que cada persona que entrene en Acción sepa que lo que hace no es fácil. Que no cualquiera lo hace. Y que exactamente por eso vale.

No quiero construir personas fitness. Quiero construir personas capaces. Personas que no se rompan cuando la vida aprieta. Personas que hayan aprendido, en este espacio, que son más de lo que creían.

Eso no es para todos. Es para los que están listos para dejar de necesitar que les hagan las cosas más fáciles.

Y eso nunca va a pasar de moda.

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