¿Tener abs solo es una fantasía?

"No quiero abdominales". Lo escucho todo el tiempo. En asesorías, en conversaciones casuales, cuando alguien me cuenta que quiere cambiar algo en su cuerpo y el tema de la composición corporal aparece en la conversación. La frase llega puntual, tajante, como si hubiera sido pensada de antemano: "Yo no quiero abs. Eso no va conmigo."

Por Daniel Dobbs



Y yo lo entiendo. Realmente lo entiendo. Porque sé exactamente de dónde viene. En la cabeza de quien la dice ya está construida la película completa — horas interminables en el gimnasio, dietas imposibles, hambre crónica, cero vida social, nunca más ese postre que tanto amas. La persona ya hizo el juicio antes de la conversación. Ya evaluó el costo imaginado y decidió que no vale la pena. La frase no es una preferencia estética. Es una sentencia. Una manera elegante de decir: no me quiero ilusionar para no fallar.

El problema es que ese costo es casi completamente inventado.

Hace unos meses fui a Disney y Universal con mi familia. Me encantó el viaje, pero algo me impactó de una manera que no esperaba. No solo los niveles de obesidad que se ven en los parques — eso ya es conocido, hay datos, hay estadísticas. Lo que me golpeó fue otra cosa: lo diferente que se ve una persona que simplemente cuida su cuerpo. No hablo de un atleta de élite ni de alguien preparándose para una competencia. Hablo de alguien que entrena, que se mueve, que se preocupa de lo que come. Esa persona se nota inmediatamente. Y se nota porque es minoría.

Menos del cinco por ciento de los adultos en países desarrollados tiene un porcentaje de grasa corporal en rango saludable con masa muscular adecuada. No estoy hablando de estar shredded — estoy hablando del piso mínimo de salud visible. Eso es lo que hemos normalizado. Un cuerpo sin músculo, con exceso de grasa, sin capacidad de moverse bien — eso se convirtió en la norma. Y cuando la norma está tan lejos del estándar de salud, la persona que sí cuida su cuerpo empieza a parecer extrema, obsesionada, como si hiciera algo insostenible.

No es así. Lo que parece extremo es simplemente lo que debería ser el mínimo.

Hoy existe una presión cultural enorme para no señalar esto. Para aplaudir cualquier cuerpo como si todos los estilos de vida fueran igualmente saludables. Yo creo en el respeto, creo en la dignidad de cada persona. Pero también creo que aceptación y conformismo no son lo mismo. Aceptarte como ser humano es innegociable. Aceptar un cuerpo que se deteriora silenciosamente no es amor propio — es rendición disfrazada de virtud. Potenciarnos es más honesto que simplemente aceptarnos.

Llevo entrenando de manera constante desde los diecinueve años. Y los primeros doce no tuve abdominales. Me veía como alguien que entrenaba — tenía masa muscular, me movía bien — pero nunca estuve ni cerca de que se me notara el abdomen. Doce años de consistencia antes de que apareciera lo que mucha gente cree que debería llegar en tres meses o no llegar nunca. Cuento esto no porque los abdominales sean el objetivo final, sino porque destruye el mito más dañino del fitness: que la gente que se ve bien siempre fue así, que tiene genética diferente, que hace algo extraordinario que tú no puedes replicar.

No. Simplemente no paré.

La industria del fitness vive de vender transformaciones dramáticas. Antes y después en noventa días. Programas extremos. Resultados que impactan. Ese framing tiene un efecto secundario devastador: comunica que los resultados requieren extremismo. Y si el esfuerzo es extremo, la mayoría decide racionalmente no pagarlo. Pero el precio real es aburrido — moverse de manera constante, comer mayormente bien, y no parar cuando deja de ser emocionante. La moneda no es intensidad. Es continuidad. Y eso no se puede vender en una caja de noventa días, pero es lo único que funciona.

Llevo más de cuarenta años en movimiento. No porque tenga una disciplina sobrehumana, sino porque en algún momento dejó de ser un esfuerzo y se convirtió en quien soy. Esa es la transformación real — no la estética, sino la identidad.

Quiero que las personas tengan abdominales. No por vanidad. Sino porque representa algo mucho más importante que lo que se ve: que te propusiste algo difícil y no te rendiste, que aprendiste a controlar impulsos, que demostraste con evidencia física que puedes comprometerte con algo a largo plazo. Eso cambia cómo te ves a ti mismo. Y cómo te ves a ti mismo cambia todo lo demás.

El proceso no es lineal, tu compromiso va a variar, va a haber etapas donde sientes que retrocediste. No importa. Cada día que te mueves estás construyendo la versión de ti que sí puede. Si no paras, en algún punto volteas a mirar hacia atrás y no puedes creer hasta dónde llegaste.

Yo nunca le puse un techo a lo que podía lograr. Tampoco nunca pensé en dejar de intentarlo. Esas dos decisiones lo cambiaron todo.

No comiences con límites. Comienza con sueños imposibles.

Comentarios

Entradas populares de este blog

La fuerza de voluntad: ¿Podemos entrenarla como un músculo?

12 años de transformación desde el movimiento

El fitness como prioridad